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Los Arhuacos, al igual que todos los indígenas de la Sierra Nevada, utilizamos materiales tangibles o intangibles en el momento de A’buru Awi, con el fin de lograr el equilibrio del universo, de lo cual surge el concepto de la "ofrenda", el "don" o el "pagamento". El acto de ponerse de acuerdo se llama A’buru Awi, y los resultados de A’buru Awi se llama Zownu o A’buru simplemente.

En tanto todo objeto es fruto de un acto intencional de concepción tiene, por ende, un "padre" o "dueño" o una "madre" o "dueña", al cual se hace necesario "pedir permiso" antes de hacer uso o de tomar los beneficios del objeto específico de que se trate, permiso que se obtiene mediante el pago de una ofrenda. De este modo, debe pagarse una ofrenda al "padre" del maíz, cuandoquiera que haya de emprenderse el cultivo de esta planta; cuando se corta un árbol para obtener madera debe pagarse una ofrenda a su "dueño" para retribuir aquello que se extrae; se deben hacer ofrendas para que llueva, para que el mamo haga las adivinaciones correctas, para que los niños nazcan saludables y, así, para muchos otros propósitos.  Cada "dueño" o "dueña" exige una ofrenda específica, que debe ser llevada a cabo cada vez que un individuo o la comunidad toman los beneficios del objeto o fenómeno que pertenece a esos "dueños".

Cada ofrenda contiene el ánugwe (información) del oferente y determina que éste se "ponga de acuerdo" con el objeto que utiliza o cuyos beneficios pretende disfrutar. De alguna manera, por medio de la ofrenda el individuo se "iguala" con el objeto de que se trate y, mediante esta igualación, consigue restablecer el equilibrio universal que, si no hubiera mediado la ofrenda, se habría roto, causando impredecibles catástrofes, desgracias y enfermedades.

La forma de concebir la existencia, como búsqueda del equilibrio entre opuestos complementarios en perpetua interacción, en la cual el orden universal determina al hombre al paso que las acciones humanas pueden llegar a desquiciar la entera arquitectura del orden cósmico, determina que, a partir de ella, surja un particular concepto de individuo. Ciertamente, el sentir espiritual de los Arhuaco se inserta dentro de un sistema de reciprocidad obligatoria entre los individuos entre sí y entre éstos y la naturaleza o el universo. Nada puede ser tomado de ésta o del conjunto social sin que éstos resulten retribuidos de alguna forma, a riesgo de poner en peligro la armonía social y natural. El incumplimiento de A’buru Awi, "además de antisocial y potencialmente criminal, pone en serio peligro a la sociedad y a la vida: la enfermedad y la epidemia podrían sobrevenir; la violencia recíproca y con ella el desorden y el caos podrían enseñorearse; hasta grandes catástrofes ambientales e incendios incontenibles podrían tener su curso devastador a menos que el equilibrio se restituya". El sujeto que resulta de esta perspectiva de la existencia se encuentra determinado, en forma primaria, por lo colectivo antes que por lo individual. En efecto, la autonomía del individuo no surge de un proceso de autodefinición sino, más bien, de un proceso de determinación de la personalidad a partir de las relaciones de la persona con la sociedad y de los roles y funciones que allí le corresponde desempeñar. Por esta razón, la construcción cultural indígena del sujeto y de su mismidad, de sus derechos y obligaciones pasa por una mediación en donde prima lo colectivo antes que lo individual.

En este sentido, Los mamos aseguran que, una vez que los hombres y mujeres Arhuaco llegan a la edad en que pueden autodeterminarse, adquieren plena responsabilidad con ellos mismos, con su comunidad y con la naturaleza. En ese momento de la vida, "reciben las instrucciones de cómo convivir entre los hombres y la naturaleza, como transmitir la educación a sus hijos, y como retribuir a los padres espirituales del agua, de la tierra, de la luna, del sol, las estrellas, la brisa, el mar, las lagunas, a través de los pagamentos y garantizar el equilibrio del mundo". Así cuando los varones reciben el tutusoma (gorro de los hombres) y el poporo y a las mujeres se les entrega el huso y la aguja rituales, adquieren el compromiso "de velar por el bien y la armonía universal" y de "entretejer la armonía y la vida del hombre con la naturaleza".  Señalan que, si alguna de estas obligaciones dejara de cumplirse, se renuncia a la responsabilidad que tenemos con el mundo y por lo tanto dejamos de ser Arhuacos.